En ésta imagen en blanco y negro, el puerto duerme bajo la luz tenue de la memoria.
Cada rincón de éste pequeño pueblo de pescadores en Las Palmas de Gran Canaria, guarda ecos de una historia que alguna vez pareció tener sentido.
Éste lugar, que antes simbolizaba encuentros, miradas cómplices y promesas hechas al borde del mar, se transformó con el tiempo en un escenario de una despedida necesaria.
Caminar por éstas calles ahora es recordar desde la distancia. Porque aunque el viento aún lleva su nombre, ya no me pertenece.
Aquí me vi obligada a soltar, a priorizar mi salud mental y mi amor propio, a reconocer que algunas personas, por más que las hayamos querido, no pueden quedarse si nos rompen en el proceso.
Ésta foto no es sólo un recuerdo: es un cierre.
Es la constatación de que tuve la fuerza necesaria para marcharme, incluso cuando lo más fácil hubiera sido quedarme.
Porque la paz a veces, sólo a veces, comienza con un adiós.

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